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Domingo 16 de mayo de 2021

La paternidad estatal

Sección
Opinión
Fecha
30 de abril de 2021

Alberto Medina Mendez*

Esta narrativa ha sido demoledoramente exitosa. Han logrado diseñarla de una manera tan atractiva que una enorme mayoría de las sociedades contemporáneas creen en ella fervorosamente sin objetarle absolutamente nada.

La idea de que un líder político en particular, el gobierno de turno o el Estado en su versión más abstracta se convierta en el “padre” de los ciudadanos subyace en el imaginario colectivo casi en todo momento.

Esta visión ha sido alimentada por los que pretenden decidir por los demás. En esa fantasía, el que gobierna procura convertirse en un monarca que definirá no solo el rumbo general, sino también cada detalle de ese camino.

El deseo de aplicar la discrecionalidad sin ser cuestionado aparece como incontenible, pero como nadie se somete tan mansamente a los designios de un tercero ha resultado vital construir un relato verosímil para que sea avalado por cada habitante de la comarca.

Es allí donde las ideologías, tantas veces denostadas cobran relevancia. Los que anhelan un Estado grande, con recursos abundantes y un despliegue ampuloso de autoridad para imponer lo que sea, requieren que todos comprendan cuánto necesitan de la presencia de un padre con mayúsculas.

Bajo ese paradigma, el “Papá” es el que cuida, el que ama y protege, el que daría todo por sus “hijos”, inclusive moriría por ellos si fuera imperioso. Suena romántico y hasta seductoramente fascinante como argumento.

Cuando se personifica esa descripción ningún político encaja muy bien allí, mucho menos los que cuando llegan al “trono” emplean un arsenal de privilegios para enriquecerse robándole a mansalva a sus gobernados.

Lo cierto es que ese encantador alegato ha permeado hasta enamorar. Actualmente muchos creen tanto en esa alegoría que demandan protección porque entienden que el rol del progenitor bondadoso que le han ofrecido es clave cuando empieza a asomar el desamparo.

Gracias a ese perverso esquema los políticos de hoy pueden justificar casi cualquier clase de atropello sin tener que dar demasiadas explicaciones. Después de todo, en el ejercicio de ese papel no siempre se puede ser cariñoso y comprensivo.

A veces es imprescindible poner límites, ser severo y hasta castigar las infantiles “rebeldías” de los inmaduros niños.

Todo encaja perfecto en esta dialéctica, pero como “el tango se baila de a dos” habrá que admitir que este nefasto mecanismo solo es posible con la anuencia de una sociedad cómplice que busca referentes con desesperación.

La trillada mención al “Estado presente” está fundamentada en algo muy similar. Desde esa óptica no parece posible desarrollarse, sin la ayuda de “alguien” que cuide, oriente y hasta regañe al punto de reprender.

Es triste reconocerlo, pero en definitiva demasiada gente tiene miedo a ejercer su legítima libertad. La sensación de indefensión, de vulnerabilidad la invade y entonces espera que “alguien” le brinde bienestar y progreso.

Esa irrefrenable búsqueda desemboca, inexorablemente, en la aparición de una suerte de “mesías”, de un salvador que tiene la sabiduría suficiente y la magnanimidad para preservar al rebaño, hasta que el fracaso y la desilusión hacen lo suyo y todo vuelve al principio.

Los gobiernos no existen como consecuencia de esa retorcida trama pergeñada por personajes ansiosos de “mandar”. Las comunidades se configuran de este modo para garantizar sus libertades y sus derechos.

Esa forma de organización social debe asegurar que nadie pueda apoderarse de la vida, la libertad o la propiedad de otro por la fuerza.

Para ese fin, cada uno delega una “parte” de sus potestades en una institución que tiene como única meta hacer respetar los derechos esenciales.

* El Litoral

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