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Martes 17 de septiembre de 2019

Los peronistas dejaron gobernar

Sección
Opinión
Fecha
6 de septiembre de 2019

Vicente Palermo

En 1983 voté por el candidato peronista, Ítalo Luder. Yo ya admiraba bastante a Raúl Alfonsín y me había horrorizado con las declaraciones de Luder sobre los efectos irreversibles que tendría la ley de autoamnistía militar.

La rápida reacción de Alfonsín, que se comprometió a su derogación, me conmovió. No podía ignorar, y no ignoraba, que las chances de impunidad de los violadores de los derechos humanos irían a aumentar exponencialmente de triunfar el candidato presidencial del Partido Justicialista.

Sin embargo lo voté. Recuerdo muy bien las conversaciones con compañeros y amigos de entonces, tan peronistas problemáticos como yo, y que hicieron lo mismo. Lo puedo decir sin jactancia: éramos unos adelantados. Lo que nos preocupaba era la gobernabilidad de la democracia renaciente; en otras palabras, el peligro de regresiones autoritarias.

Veíamos al doctor Alfonsín y al radicalismo (quizás a la luz de experiencias anteriores, como la de Illia; el conocimiento histórico sirve, pero a veces engaña) demasiado débiles, demasiado flojitos.

Hay que decirlo con todas las palabras, temíamos menos un pacto conservador (¿qué otra cosa podría llegar a hacer un gobierno peronista en 1983?) que al colapso del régimen democrático jaqueado por una oposición dura, social, sindical, política, frente a un gobierno débil, de bases electorales y sociales sin consistencia.

Probablemente no fuera una racionalización, el lector que saque sus propias conclusiones. Afortunadamente triunfó Alfonsín y, a trancas y barrancas, consiguió llevar a cabo cosas enormes, y la historia de esos seis años fue mucho más compleja y matizada.

¿Pero los peronistas colaboraron? Muy poco y muy mal, a mi juicio. En términos generales le hicieron la vida imposible al gobierno radical y, luego de 1987, cuando se consolidó la Renovación, también esta – con la excepción importante de Antonio Cafiero – le quitó colaboración.

De hecho, esto es significativo: Cafiero fue arrollado por un gobernador emergente que lo denunciaba por sus supuestas intenciones de “partidizar el movimiento”, arrastrarlo a la socialdemocracia – difusamente sanatanizada – y secundar la “resignación alfonsinista” en materia social y económica.

Los grupos de intelectuales que siempre acompañaron al peronismo como la sombra al cuerpo exhumaron un término: el “posibilismo”, que se ocultaba mal detrás de la proclamada modernización y de los propósitos del discurso de Parque Norte.

Es irónico que, hoy por hoy, los peronistas activos no pierdan oportunidad de elogiarlo, a Raúl Alfonsín, como a un prócer (que sin duda es), casi como “al compañero Alfonsín”. Hay que sacarse el sombrero, delante de este histrionismo. Pero no, no lo dejaron gobernar; no fueron golpistas, en absoluto, pero de cooperar, nada.

Entre paros generales, obstáculos a las iniciativas de gobierno, y la elaboración de un relato centrado en el posibilismo y la resignación, agregaron su propia carga sobre la ya pesada carga legada por la dictadura, e hicieron todo lo posible para que el gobierno absorbiera en solitario todos los costos, y finalizara su ciclo por anticipado, en medio de la hiperinflación y “escupiendo sangre”.

Pero los tiempos han cambiado y tenemos una novedad que, creo, pocos han observado (dándola simplemente por descontado): los peronistas dejaron gobernar a Cambiemos.

Quizás porque estructuralmente son más débiles. Quizás también porque han aprendido. Quizás porque la distribución institucional según los votos de 2015 arrojó un cuadro con mayores equilibrios.

Por las razones que sean, no importa ahora; lo cierto es que no se le puede pasar la cuenta a la oposición peronista de los resultados, ni los buenos ni los malos, de la gestión de Macri. De hecho, el peronismo colaboró, aun refunfuñando en muchos aspectos, los gobernadores negociaron, los legisladores hicieron otro tanto. Creo que es una novedad histórica y una novedad importante, porque contrasta claramente con lo sucedido en las gestiones de Alfonsín y De la Rua.

Por supuesto, que el peronismo haya conseguido comportarse como opositor leal no garantiza nada si le toca gobernar nuevamente. No sé si se puede ser tan optimista. Históricamente, el peronismo se ha mostrado muy superior haciendo campañas que gobernando. Ahora está agregando – a mi juicio – a sus credenciales, la de haber sido una oposición leal. Pero ¿gobernar? Gobernar es otro cantar. Las gestiones democráticas más traumáticas, desde mediados del siglo XX, las cuenta el peronismo en su haber. Los años finales del peronismo clásico, mucho menos por la economía que por el descontrolado enfrentamiento político-cultural; los años del regreso, hasta 1976, que acunaron el Rodrigazo y la Triple A; los 90, años tan peronistas de los que la mayoría de los peronistas ahora se desentienden; los kirchneristas, de “vamos por todo”, corrupción y pobreza administrada.

La verdad es que me gustaría que los peronistas –o lo que queda de ellos- se pasaran un tiempo más largo fuera del gobierno nacional. Al parecer, es difícil que esto ocurra. Pero no es imposible.

Fuente: clarín.com

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