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Martes 11 de diciembre de 2018

La pregunta es cuál es el límite del apriete

Sección
Opinión
Fecha
5 de octubre de 2018

Daniel Muchnik *

Hace cinco meses que el país duerme en una cama con clavos. Muchos economistas y el mismísimo Fondo Monetario Internacional creen que todo pasa por resolver los números críticos y no piensan en los seres humanos que habitan en tierra. Falta humanismo y comprensión o sensibilidad. Pero el humanismo parece haberse desecho a lo largo del siglo XX, con sus respectivas guerras mundiales que se llevaron en total más de 70 millones de habitantes de la Tierra.

Hay mucho de verdad en torno de la desaprensión humanista, aunque el gobierno promocione la consigna que gracias al acuerdo con el organismo internacional escapamos al segundo default que hubiera emergido dieciséis años después del último en 2002.

En el primer semestre reciente, cuando todavía no habían asomado las impiedades del presente y según el INDEC, la pobreza llegaba al 27,3 por ciento de la población. Son 750.000 pobres mas que en la segunda mitad de 2017 y en total once millones de carenciados. Casi siete millones y medio de ciudadanos cargan con dilemas de subsistencias

Anteriormente, en una mentira extendida, mientras el INDEC de Moreno decía que la pobreza apenas llegaba al 4% y Cristina Fernández aseguró que “tenemos pobres que en Alemania”, en los hechos, en noviembre del 2015 el índice de pobreza era de 31,2%. Por edades, la pobreza castiga más a los chicos menores de 14 años donde la pobreza real es del 41,4%. Para el segundo semestre del año se aguarda un empeoramiento de la situación salarial y laboral. Los necesitados, aún trabajando o haciendo changas deberían conseguir casi 26.000 pesos por familia para no ser incorporados al índice de pobreza.

Viendo ya un futuro de reclamos sociales intensos, el gobierno pide ayuda a la Iglesia Católica (a Caritas especialmente) y a los evangelistas para el reparto de alimentos. La gobernadora María Eugenia Vidal y la Ministra de Desarrollo Social de la nación Carolina Stanley se movilizaron para distribuir 400.000 kilos de leche en polvo más canastas de doce productos hasta completar las necesidades en materia de nutrición.

Las experiencias pasadas (la “canasta” alimenticia puesta en movimiento a seis meses de asumir Raúl Alfonsín, por ejemplo) no tuvieron un final feliz. Se trató del Plan Alimentario Nacional (PAN) que duró cinco años. En una instancia histórica donde cinco millones de personas estaban por debajo, incluso, de la línea de pobreza (que llegaba a números récord para entonces). El costo de todo ello representaba el 0,25% del PBI, con un costo anual entre 150 y 170 millones de dólares. Hubo clientelismo, los alimentos, en numerosas ocasiones, fueron mal distribuidos.

La duda es si con esa movida el actual gobierno logra las soluciones que se necesitan. Los subsidios millonarios que se otorgan a las organizaciones sociales parecen no conformar a sus líderes. Bien se sabe no queda mucho por hacer. Porque para frenar el avance de la pobreza el único camino es crear fuentes de trabajo. Y estamos en un momento de despidos, de nulas inversiones para levantar fábricas y otras posibilidades laborales. En medio de toda esta incomodidad para el gobierno bien se sabe que los despedidos hace años y que no están actualizados en la nueva mecanización no tienen posibilidades de reintegro a las plantas fabriles de cualquier tipo o sector.

En este 2018 la moneda argentina perdió un 60% frente al dólar. Esa explosión desencadenó una inflación con desembozada y una dolorosa recesión. La mayoría de los pronósticos serios, originado entre especialistas y empresarios es que la “stanflation” se alargará a lo largo de gran parte del año que viene. Es decir: estamos frente a un panorama negro, donde salidas saludables casi no existen. Y el respaldo del FMI y sus resultados son, sin duda, una etapa crucial para Mauricio Macri.

Mientras hay una carrera para que los números cierren, debajo y arriba de la alfombra hay movidas políticas de todo tipo y color. Hay un peronismo no K, el de algunos gobernadores, junto con Sergio Massa y Miguel Piccheto. Es el único adversario del poder civilizado-coloquial y decidido a negociar con el poder oficial. Rechazan todo vínculo con Cristina Kirchner. Creen que sólo el 25% del peronismo la apoya, mientras el resto muestra desorientación. Juan Manuel Urtubey, gobernador de Salta, sin embargo advierte que el Kirchnerismo y el macrismo se retroalimentan, “como si uno no puede vivir sin el otro”. Sergio Massa, por su cuenta señaló: “Deseamos que la frustración de la sociedad se convierta e el camino a una alternativa”.

¿Es tan así? Gran cantidad de macristas rígidos se defienden de los cuestionamientos con una violencia que recuerda a los Kirchneristas. Un rotundo desacuerdo está en las dos entidades partidarias separadas por la grieta que cada día se ensancha un poco más.

Esta forma contrasta con lo que aparentemente está pasando en la superficie. Porque el gabinete en pleno ya está apostando por una reelección en las presidenciales del 2019. Y en ese gabinete se considera que Cristina Fernández debe presentarse a la contienda, no tiene que ir presa porque creen que así se asegura el triunfo, subidos a caballo del recuerdo del fracaso kirchnerista y los cuadernos de la corrupción ahora en manos de la justicia.

El juez federal desde hace veinte años Claudio Bonadío, quien destapó la cloaca de la corrupción ya sugirió el desafuero de Cristina Fernández para darle forma a todo el operativo. Sin embargo, no encuentra eco en el Parlamento. Pichetto, titular de la banca opositora en Senadores ha negado toda posibilidad de hacerlo aunque genere un problema serio de complicidad en el peronismo. Y en el bloque de Cambiemos también hay dudas de emprender el desafuero y desearían estirar los tiempos y plantearlo, si se dan las circunstancias, más adelante. Esto sucede por la maniobra de la Casa Rosada: tenerla enfrente en el tiempo donde decide el electorado.

¿Pero no es otra muestra de la filosofía del optimismo que tanto usó el macrismo? Siguen empecinados en esa estrategia pese a que reconocieron -el mismo presidente lo hizo- su propia ingenuidad primeriza cuando prometieron un mundo feliz en medio de un encierro incierto de problemas de magnitud. Creyeron en demasía, como iluminados, en sus propias virtudes por esa antigua creencia de que ellos eran los mejores para acabar con una crisis económica, política y social, que ya lleva un montón de décadas. La suerte les fue adversa, fueron avanzando y retrocediendo hasta caer en la posibilidad de caer en el default.

Por supuesto que la actual situación económica impactará en la política. El economista peronista histórico Jorge Sarghini escribió en las últimas horas “El Presupuesto 2019

adquiere una importancia política determinante. Este giro a la realidad significa una nueva postergación a la ilusión de discontinuar nuestro derrotero de decadencia”. Pero, por otra parte, la economía pega en el día a día. Se proyecta una inflación, en septiembre entre el 5,5 y el 7%. Los precios no paran de subir, pese a la recesión extendida. Para los consultores de Ecolatina la inflación rondará el 6%, pero acumula un 31% entre enero y septiembre y sería del 40% o más si se mide de manera interanual.

Mientras la presión impositiva ahoga a empresarios y comerciantes los expertos y las tasas de interés, aquellos que ven los números y no las necesidades sociales pontifican señalando que la mejor recaudación fiscal podría lograr un déficit cero. La dolorosa pregunta es ¿hasta donde debe llegar el apriete para que el país logre una imprescindible salud social y económica? Nadie contesta.

* El Cronista

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