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Miércoles 22 de noviembre de 2017

Argentina: un país de megasilencios

Sección
Opinión
Fecha
22 de mayo de 2017

Víctor Gustavo Hadad (*)

Llaman violento al río impetuoso, pero a las orillas que lo comprimen nadie las llama violentas, Bertolt Brecht.

Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas, Atahualpa Yupanqui.

Asistimos a un tiempo de silencios. Y en los dos temas que vamos a abordar, de megasilencios. La megaminería química ecocida en la zona de la Cordillera de los Andes y la megaexportación de granos por los puertos privados de Santa Fe, son, quizás, dos de los tópicos más representativos de cómo se construye poder económico a partir de nuestra indiferencia social.

Sólo interrumpido por los reclamos de los vecinos de Famatina y Chilecito (La Rioja), Esquel (Chubut), Andalgalá (Catamarca) y de Zapala y Loncopué (Neuquén), entre algunos otros, que libran una gigantesca batalla contra dos actores: la corporaciones mineras internacionales (Barrick Gold Corporation, Shandong Gold, Osisko Mining Corporation, Minera La Alumbrera, etc.), por un lado, y dirigentes políticos regionales que han traicionado una y otra vez las promesas realizadas, por el otro, el silencio se ha convertido en un fenómeno de notable vigencia. Rara vez se escucha una voz dirigente -política, gremial, religiosa- que denuncie, que interpele, que convoque. Mientras tanto, la realidad actúa y se pasea, soberana y soberbia, por todo el territorio nacional.

Geográficamente, la Cordillera de los Andes y el río Paraná no tienen punto de contacto. Sin embargo, estos dos extraordinarios privilegios de la naturaleza que poseemos en nuestro país se encuentran unidos por las ambiciones de una plutocracia financiera y comercial que por ahora pareciera no tener freno ni límite.

Megaminería

En la zona de la Cordillera, la megaminería química a cielo abierto implementa un sistema de explotación que utiliza cianuro, mercurio, ácido sulfúrico y otras sustancias contaminantes que fue prohibido por el Parlamento Europeo en el año 2010. Sin embargo, en la República Argentina hay diversos emprendimientos ecocidas que contaminan los cursos de agua, provocan la muerte de animales, generan derrames de productos tóxicos y enferman a los habitantes. En las zonas donde se explota la minería a cielo abierto hay actualmente pequeños poblados abandonados, caminos ancestrales dinamitados, terrenos delimitados y vigilados por fuerzas privadas. El viento, sólo el viento de la montaña, está habilitado para entrar allí.

Por citar sólo algunos de los casos más representativos, podemos mencionar a Minera La Alumbrera, condenada por la Cámara Federal de Tucumán por haber arrojado desechos tóxicos sin tratamiento en la cuenca del río Vis-Vis en Catamarca. Por su lado, otra empresa, Barrick Gold, fue noticia ya que a través de un peritaje hecho por la División de Delitos Ambientales de la Policía Federal Argentina se pudo descubrir la contaminación de los ríos Potrerillos, Jachal, Blanco, Palca y las Taguas a raíz del derrame de cianuro producido por esta empresa el 13 de septiembre de 2015. La cifra del derrame fue de 1.072.000 litros.

Hidrovía y megaexportación

En la zona sur de la provincia de Santa Fe y a la vera del Río Paraná, se encuentra el mayor polo portuario del mundo en cuanto a cantidad de terminales. Allí, se desarrolla una megaexportación de granos por parte de grandes corporaciones privadas internacionales.

Instalados a partir de la Ley Nacional Nº 22.108 -firmada por Jorge Rafael Videla y José Alfredo Martínez de Hoz el 23 de noviembre de 1979-, distintas terminales privadas se han ido radicando en todo el litoral fluvial del sur de esta provincia. La pregunta es: ¿a qué modelo de país responden? ¿Cuáles son los planes de gobierno nacionales para que estos factores contribuyan a un mejor desarrollo nacional? Si con nuestro silencio seguimos avalando que el Estado -ya sea nacional, provincial o municipal-, por acción u omisión, permita que las grandes corporaciones como Louis Dreyfus Company, Alfred Toepfer International, Cofco Group, etc, utilicen territorios y canales de agua sin ningún tipo de control, embarcando en navíos que en su totalidad navegan bajo banderas extranjeras (Islas Marshall, Liberia, Malta, Antigua y Barbuda, Bahamas, Chipre, etc.) por una ruta fluvial concesionada a una empresa privada de capitales belgas -Hidrovía SA-; si no podemos advertir que nuestra soberanía no se encuentra puesta en crisis sólo por la usurpación británica en Malvinas sino por los enormes intereses que circulan por nuestros ríos diariamente, y frente a lo cual nada hacemos, es porque tal vez nos hemos resignado a ser un país cuya historia siempre tenga que ser hecha por otros.

Entrar a la hidrovía Paraná-Paraguay es ingresar a una zona de turbulencia inversa para la Argentina; es decir, una zona donde no hay nada. Herederos de un precario subsistema portuario y de navegación fluvial, hemos creado un nuevo triángulo de las Bermudas, donde los barcos y artefactos navales argentinos han desaparecido. Por ello, a mi criterio, creer que la solución a los problemas portuarios se va a dar solamente con la construcción de infraestructura, es caer un reduccionismo abrumador.

Dignidad por dádivas

El veto la ley de glaciares, resignando dignidad por dádivas, eliminando por decreto retenciones mineras, reprimiendo movilizaciones populares genuinas, concesionando explotaciones mineras sin participación estatal para exportar oro, cobre, molibdeno, litio, entre otros; el permiso para la utilización del agua sin control y para volar montañas cuya conformación geológica tiene millones de años; la instalación de terminales portuarias privadas sin un plan geoestratégico de gobierno; la eliminación de Elma -Empresa Líneas Marítimas Argentinas-, concesionando a una empresa privada el dragado y cobro de peaje de la hidrovía Paraná-Paraguay, y la construcción de sistemas impositivos que implican enormes beneficios para los capitales privados involucrados en estos sectores: han sido la respuesta y la palabra de los distintos gobiernos que han actuado en Argentina desde 1976 en adelante.

¿Cuál será el momento de levantar la voz y combatir nuestra indiferencia y nuestras complicidades? Cuándo dejará nuestro silencio de ser parte inescindible de nuestro accionar colectivo? Las Asambleas populares realizadas en los poblados amenazados por las empresas mineras internacionales, muestran el camino. Aunque estén silenciados por los medios, aunque sufran la persecución judicial y patoteril de ciertos gobernantes, ellos siguen hablando. Y en su voz, se encuentra el reclamo de cientos de generaciones que nos han precedido y de las que vendrán, que tienen derecho a esperar que hagamos mucho más de lo que estamos haciendo hasta el momento. Es, pues, imprescindible, reorganizar la esperanza para no dejar que la palabra se convierta en un ejemplar en vías de extinción.

(*) Abogado, docente universitario, investigador www.proyectohistoriaymusica.wordpress.com

hadadvictorgustavo@gmail.com

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